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Kiwi: Perspectivas para una temporada en medio de una pandemia

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La Cámara de Productores de Kiwi,  posee un protocolo interno (diseñado con profesionales del INTA Balcarce) que exige cumplir ciertos parámetros antes de cosechar la fruta. Esto garantiza una calidad posterior del producto, tanto organoléptica como de conservación y comercialización. Un ingeniero agrónomo contratado por la Cámara recorre los campos cuando el productor, a partir de mediciones propias, indica que su fruta está en los umbrales adecuados para ser recolectada. Los principales parámetros de calidad están en los grados brix (la cantidad de azúcar que posee el fruto; debe ser siempre superior a 6.5), los niveles de materia seca y la cantidad de días transcurridos desde la floración a la cosecha. Sin embargo, el dirigente cuenta que, en zonas al norte de Buenos Aires, algunos productores comienzan a sacar la fruta antes para ganar precio y eso genera dificultades comerciales. Mayo y junio, explica, son meses de “mercados sucios”.

“Hay dos momentos del año donde hay una caída de la oferta, y por ende un crecimiento del precio. El primero es durante octubre-noviembre, cuando se acaban los kiwis del año cosechados en la zona y no ingresan todavía los del hemisferio norte. El otro es durante estos meses, cuando se termina la oferta del producto del hemisferio norte (principalmente italiano) y todavía no comienza a empacarse la producción local. Ahí algunos productores, de ciertas zonas que no están muy controladas, cortan fruta que no está en su mejor condición con el objetivo de tomar precio. Eso para nosotros es un dolor de cabeza porque se identifica a la fruta nacional con mala calidad”, dice Nejamkin

Desde el punto de vista productivo, la campaña 2020 tiene las mejores perspectivas. La fruta es de buena calidad y se estima que los volúmenes estarán por arriba de un 20% respecto al año pasado. Si bien todavía es una etapa primaria de la cosecha, los primeros cálculos a partir de los lotes a los cuales se accede son alentadores y marcan un aumento significativo de la oferta. Inciden en este punto el crecimiento de campos relativamente nuevos, plantados hace cuatro o cinco años, que campaña a campaña aumentan su producción y todavía no están en su pico. Solo en  localidades de Mar del Plata hay actualmente más de 300 hectáreas plantadas, donde se producen de 4000 toneladas anuales de fruta fresca.

Creo que lo que hay, además, es una mejora tecnológica permanente que genera el aumento de productividad. En el caso de Proyecto Agrario, tenemos lotes en los que estamos con un 50% de producción arriba de lo que estábamos hace cinco años. El kiwi es muy noble en ese aspecto. Cuando se le mejoran las condiciones, que estructuralmente son muy buenas por el clima y el suelo, responden. Y entonces tenemos aumentos que son trascendentes”, analiza el productor.

Las deudas de hoy y ayer

Más allá de la coyuntura actual por la pandemia, Nemjakin resalta una y otra vez que la actividad frutícola en general, y del kiwi en particular, se enfrenta a dificultades estructurales que ponen un techo al potencial del sector. Alta carga tributaria, retenciones (frente a competidores con Tratados de Libre Comercio), falta de créditos y un burocrático sistema laboral son algunos de los puntos señalados. Para el productor, las autoridades deben dejar de ver a la fruticultura desde un enfoque recaudatorio.

“De acá a diez años en el mundo no va a haber más oferta de la que hay ahora, porque el kiwi no tiene la facilidad de otros cultivos que se pueden hacer en una multiplicidad de zonas. Esta fruta tiene zonas restrictivas. Con lo cual, la posibilidad de sobreoferta es baja y me da una estabilidad de precio proyectada muy buena. Sin embargo, no alcanza por las distorsiones que se sufren en toda la cadena”

Una de estas distorsiones que menciona Nemjakin es el IVA, impuesto que en el régimen de exportación se recupera al año de ser abonado, sin actualización por inflación. De esta manera, el tributo termina convirtiéndose en un costo más para los productores que, como en el caso de los arandaneros, solicitan tener ese crédito fiscal para cancelar otras obligaciones en el corto plazo.

Nejakim también se detiene en el sistema laboral, el cual considera que no está pensado para una actividad como la fruticultura. “Nosotros tenemos que tener un sistema como el de la construcción. Con personal que entra y sale, donde hay picos de trabajo y luego termina la relación laboral”. Y explica que en muchos casos los planes sociales se convierten en un obstáculo para conseguir mano de obra porque muchos trabajadores no quieren “trabajar un mes en el campo, para luego estar seis meses sin trabajo y sin plan”. La propuesta es que el personal temporario pueda mantener el beneficio (sin percibir la asignación durante lo que dure, por ejemplo, la cosecha) para que una vez finalizada el mismo se reactive.

Hoy nos conviene el mercado interno”

Dicho así parece hasta contraintuitivo, pero en términos concretos, al productor de kiwi argentino le conviene colocar su producto en el mercado interno antes que exportarlo. ¿Por qué? En principio, porque el precio nacional por la fruta siempre es bueno, ya que se establece mediante el precio de importación. Es decir, se toma como referencia lo que le cuesta a un operador importar fruta producida en Chile y transportarla hasta los distintos mercados mayoristas.

Y si bien la fruta argentina es un producto que puede competir a nivel mundial con la mercadería de Chile e incluso alcanzar la calidad Nueva Zelanda (quien lidera el mercado en este sentido) lo cierto es que la estructura impositiva y los costos operativos impiden la rentabilidad del negocio

Pensamos en la exportación como un objetivo de largo plazo, en un momento donde podamos incrementar por diez la producción y ahí sí hacer envíos con los saldos exportables. Hoy no tenemos saldos. Hoy se exporta para medirnos con el mundo, para tener las puertas abiertas, para que el producto se conozca. Pero en realidad, a todos nos conviene vender en el mercado interno”, detalla Nemjakin. Además, Argentina es un país “deficitario” de kiwi por lo que la producción local siempre tiene precio y nunca corre peligro de sobreoferta. Incluso, como se señaló arriba, en nuestro país se consumen entre 20 y 22 millones de kilos por año, de los cuales un poco más de la mitad (12 o 13 millones) son importados.

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